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ABSTRACT

Llegamos a Zenobia después de un largo camino, atravesamos la ciudad en la que vivíamos para acabar entre las ruinas de la ciudad en la que habíamos nacido y comenzamos a construir la ciudad en la que queríamos vivir. Incluso habitando ya el sitio en el que se alza la ciudad, no la habíamos visto jamás, o más bien, siempre había resultado invisible a nuestros ojos, fueron nuestras ganas de encontrar un espacio nuevo para dar forma a nuestros deseos que nos permitió encontrar, precisamente entre los muros de nuestra ciudad, aquella ciudad en la ciudad. Y cuando Zenobia se volvió visible, su luz nos mostró cuáles son las sombras que han rodeado en estos años nuestra ciudad de origen.
Por lo tanto, el viaje que nos condujo a Zenobia mostró, ante todo, cómo estaba cambiando la ciudad de la que proveníamos. Subiendo a los palafitos, entendimos que la luz y la oscuridad cambiaban muchas veces en un sólo día el rostro de los lugares de nuestra ciudad, descubrimos cómo multitudes estaban atravesando y habitando nuestro territorio, construyendo en su interior comunidades nómadas, y cómo la dignidad de la vida que habían conquistado antes que nosotros nuestras madres y nuestros padres, era ahora negada a los nuevos habitantes de la ciudad.
Descubrimos que en la universidad, donde cada día miles de chicas y chicos comparten saberes y sabores entre amores libres y libros de amores, durante la noche se quedaban encendidos sólo los carteles de los centros de investigación de grandes grupos privados, dispuestos a nutrirse de cada descubrimiento y cada nueva contaminación que hubiese nacido en cualquier clase o bajo el sol. Descubrimos que donde íbamos por las tardes a contar nuestras historias o a encontrar caminos diferentes, las grúas ya tiraban las casas para construir grandes pasarelas. Descubrimos que donde, durante mucho tiempo, tantos de entre nosotros habíamos discutido e inventado senderos de rebelión, querían hacer desfilar cuerpos vacíos en función de deseos disciplinarios. Descubrimos que más de una persona de cada diez, en nuestra ciudad, no había brindado en los años en los que la nuestra era una ciudad para beber, porque decenas de millares de personas han llegado, afortunados ellos, cuando de aquel tiempo no quedaban ni siquiera las burbujas. Pero ahora la cultura que los nuevos habitantes traen consigo es maltratada y reprimida, las calles peligrosas de día y de noche, los controles de la policía todos para ellos, los espacios públicos cerrados a la sociabilidad, la escuela negada a los niños, el derecho a la salud precario. Y ésta es una suerte común a todos los nuevos habitantes, a aquellos crecidos después de aquellos años e incluso a todos los que en aquellos años no andaban con un vaso en el bolsillo, por si acaso alguien les hubiera ofrecido un ‘drink’.
Vemos, subiendo por primera vez sobre los palafitos de Zenobia, que las casas de construcción popular edificadas en anteriores decenios, pensadas para familias con una misma estructura y una sola cultura, no sólo no eran adecuadas para acoger a los nuevos habitantes- nacidos, llegados o sedientos -, sino sobre todo no eran suficientes. Y mientras miles de apartamentos y edificios enteros están vacíos en espera de especulaciones y equilibrios económicos o políticas más convincentes, son demasiadas las personas que en nuestra ciudad viven en condiciones que en la periferia del imperio están consideradas indignas. No sólo no se consigue imaginar en nuestra ciudad una casa para cada uno, sino que los intereses económicos de unos pocos no permiten ni siquiera garantizar una casa para todos.
Y descubrimos en definitiva que, en los enormes espacios vacíos de los que nuestra ciudad está llena, dan vueltas hombres de chaqueta y corbata, voltean las manos en el aire, diseñando nuevas oficinas, tiendas, casas de lujo, supermercados y parques, con sofisticados sistemas de control y acceso monitorizado. Aviones privados y helicópteros aterrizan y despegan continuamente, se organizan aperitivos y fiestas y programas ocultos, mientras fuera de estas enormes áreas desocupadas millares de personas buscan una ciudad en la que vivir, un lugar en el cual desear, un espacio en el que construir un futuro.
Llegados a Zenobia, escondidos entre las naves industriales de fábricas abandonadas, comenzamos a utilizar acero y bambú para construir casas, a diseñar y proyectar corredores y balcones, para podernos encontrar, y a usar trampillas para poder ver siempre, más allá de nosotros, más allá de nuestra ciudad, por dónde anda la ciudad de la que proveníamos.
Construyendo Zenobia, la distancia entre los palafitos y el suelo nos mostró una disyuntiva ya definitiva entre el territorio del sentido y una nueva conciencia del espacio múltiple, el primero anclado a una estructura del espacio y de los lugares continuamente violada y atacada por los intereses económicos locales, el segundo territorio de conflicto entre quien domina el espacio de los flujos globales y quien, como nosotros, hoy, cree que precisamente en este nuevo frente se pueden conquistar y diseñar nuevos derechos de ciudadanía. Construyendo Zenobia, razonamos que construir casas, pensar la relación entre los espacios llenos y los espacios vacíos, entre las mujeres, los hombres, los ancianos y los niños que atraviesan esta ciudad, significa confrontarse con un cambio de la realidad que no es reducible a una disciplina y con el cual cada disciplina debe medirse. Entendemos que la casa, el saber, la movilidad son derechos a construir en autonomía y que justo en el acercamiento nomádico y multiversátil de cada saber que se aporta, podremos construir el arco de los nuevos puentes que conecten función y significado entre los territorios que queremos reconfigurar.
Por eso cada vez que proyectamos una casa, recorremos en sentido inverso las escaleras y volvemos sobre la tierra. Bajamos de Zenobia, para plantar otro palo que ancle a la realidad este sueño que construimos. Excavamos con las manos desnudas y cada vez encontramos narraciones y memoria, encontramos aquella historia que, cerrando las fábricas, muchos esperaban sepultar. Limpiamos cada resto, lo catalogamos y en cada casa que construimos encontramos un sitio para darle una nueva vida a los objetos que la tierra ha llevado con ella este tiempo. A veces en las excavaciones encontramos personas que han sobrevivido, estos años, allí abajo, en el territorio de la memoria, o quizás bajando por las escaleras encontramos alguno que vuelve a esta tierra después de largos viajes y reconoce en Zenobia la ciudad que antes se alzaba en los mismos lugares.
A veces asombrados, a veces ilusionados, invitamos a todos a subir y a contarnos la ciudad que recuerdan y la ciudad que imaginan para su propio futuro. Nos sentamos y comenzamos a escuchar las historias del que sube por las escaleras de Zenobia, no sólo para encontrar un sitio para los deseos de cada uno en esta ciudad, sino también para cambiar los nuestros y dejar que sigan viviendo. Y sabemos que el que deje Zenobia, perennemente en construcción, la llevará en el corazón y que nuestra comunidad seguirá existiendo en los caminos que partan de aquí.
Mientras trabajamos junto a los que hemos encontrado, discutimos de qué puede ser un espacio social, qué es lo privado y qué lo común, tratamos de inventarnos nuevas posibilidades de arquitectura compositiva, nos preguntamos si debe ser multi- o trans-cultural. Imaginamos, entre nuevos materiales low-tech y viejos ladrillos e espátulas, la nueva ciudad que estamos construyendo, en lo alto de este palafito, sobre la que desde hace algún tiempo nos balanceamos. Razonamos junto a los que hemos encontrado (muchos han llegado antes que nosotros) sobre qué es una casa, qué significa habitar y la conclusión a la que hemos llegado es que no se puede permitir ningún nexo intocable entre formalidad y dignidad de habitar. Pensamos que la forma que cada uno inventa para su propia casa es legítima, más allá de cada espacio de legalidad, y en nuestra ciudad se garantizará igualmente la dignidad de habitar en cada expresión, sean casas colgadas o iglús, sea por un día o in secula seculorum.
Flexible y segura, Zenobia ondea cada noche. A veces hay viento del Sur que caldea y trae arena y música, o quizás del Este llegan los cantos y bailes de nuestros hermanos de fiesta, o incluso, del Oeste, atraviesan el océano anillos de humo e historias, mientras del Norte, el hielo silba entre los palos que sostienen la ciudad. De lo alto y en la noche vemos la ciudad encenderse y apagarse, ahora periférica e intermitente, vemos cada día los derechos sustraídos al que trabaja, la represión utilizada contra el que se rebela y experimentamos, cada vez que nos negamos a obedecer y discutimos, cómo los poderosos están embarazados y son incapaces de parar nuestras ganas de dar forma a nuestros deseos.

Estáis todos invitados a venir y encontrarnos del 6 al 16 de enero durante el Taller de Proyectación Intensiva Building Zenobia – Area Dismessa, Casa Mia
Zenobia, ciudad invisible, planeta Tierra
in fidem Sancti Precarii
copyRiot, actionmilano, Officina di Architettura

PS - un problema objetivo – El único problema es que, por las escaleras de Zenobia, es difícil subir butacas y sillones. Quizás por eso debajo de nosotros empiezan a arremolinarse personajes grises, encastrados entre reglas y almohadas, que parlotean sobre la incoherencia entre nuestra ciudad y la fuerza de la gravedad. A los que traigan reglas inmutables, les pedimos que se alejen lo suficiente para no minar nuestra construcción, inestable y precaria, y les repetimos que si es necesario lucharemos incluso contra la ley de la gravedad, como lo hacemos contra cualquier ley que consideramos injusta. Por lo tanto, ahora que sabéis todo lo que hay que saber, en Zenobia son todos bienvenidos, armados de deseos y sin butacas, pero con tiendas, hamacas, camas de faquir y sacos de dormir, nubes o alfombras volantes, dispuestos a dormir de pié como los caballos o a discutir con los ojos cerrados mezclando sueños y palabras.



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